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Velan en Guatemala los restos de migrante asesinada vilmente por policía estadounidense en Texas

Velan en Guatemala los restos de migrante asesinada vilmente por policía estadounidense en Texas

Los restos de Claudia Patricia Gómez González, la migrante guatemalteca asesinada por un agente de la patrulla fronteriza en Texas, ya están en su casa y con su familia.

Durante dos días la joven de 19 años será velada en su aldea natal La Unión Los Mendoza del municipio de San Juan Ostuncalco, a unos 220 kilómetros al oeste de la capital de Guatemala.

Gilberto Gómez, su padre, mira al suelo buscando las palabras para explicar lo que ha muerto con su hija.

“Los sueños”, dice.

El hombre habla poco, apenas lo necesario para agradecerle a la mujer que grabó el video donde se puede ver al agente fronterizo cuando supuestamente acaba de matar a la migrante de un tiro en la cabeza y arrestar a otros tres guatemaltecos. “Si no fuera por ella esto nunca se hubiera sabido”, dice.

“Esto está bien doloroso, siento como que estoy destrozado, está muy duro para mí”, dice Gómez y agrega “quiero justicia y que no se quede impune... quiero que el que hizo eso que pague y sienta el dolor como yo y mi familia”.

El cadáver de la joven llegó el jueves por la noche a San Juan Ostuncalco rodeado por una caravana que lo acompañó desde el aeropuerto en la Ciudad de Guatemala. A su paso los vecinos levantaron carteles pidiendo justicia.

El féretro blanco sobre el que fue colocada una bandera del municipio fue recibido en el Polideportivo Fernando Escobar para un homenaje póstumo, donde entre discursos de políticos locales la comunidad indignada gritaba “justicia”. El cuerpo fue luego llevado a su casa donde continuará el velatorio, para el sábado enterrarla en un cementerio cercano.

El ataúd fue ubicado en un altar con flores blancas y un manta vinílica con sus fotografías en vida. Las dos ventanas del pequeño cuarto donde es velada la joven fueron cubiertas con dos tollas, una de la Estatua de la Libertad y otra con la bandera de Estados Unidos y un águila.

Sentada en una silla blanca su madre balbucea algunas palabras, acompañada por una anciana que la consuela. Un lamento profundo antecede a un “Ay mamaíta chula”, lo único que dice en español. Su vecino Anastacio Vicente traduce de su idioma materno, el Mam, de origen maya, “Hija ¿dónde estás? Ven a sentarte conmigo”.

Vicente explica que en el pueblo, que subsiste con las remesas y la siembra de maíz y papa para el consumo, todos tienen un familiar en Estados Unidos. Sin trabajo ni poder ingresar a la universidad, la joven decidió seguir el rumbo de otros pobladores locales y emigrar a ese país.

Angélica Méndez, de 41 años, vive frente a la casa de los Gómez González y recuerda a la joven migrante con cariño. “Era una mucha buena, no era orgullosa”, dice y asegura que la recuerda con una sonrisa. Méndez siente empatía con la madre de la migrante pues su hijo de 16 años migró hace siete meses a Estados Unidos y aunque fue detenido por migración dice que fue liberado y ahora podrá ayudar a su empobrecida familia a sobrevivir.

Guadalupe Carreto, de 58 años, una de las mujeres que ayuda a cocinar el almuerzo para los que acompañan a la familia, dice que la pobreza y la falta de empleo es lo que ha llevado a muchos a emigrar. “Somos pobres, no hay trabajo, por eso se va la gente”.

Decenas de vecinos hacen una larga fila para dar el pésame a los padres. La mayoría son mujeres mayores. Lo hacen en silencio mientras al fondo suena un cántico religioso que dice “Más allá del sol, más allá del sol, yo tengo un lugar, hogar, dulce hogar, más allá del sol”.

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