Diario

Diario
El Zuliano
Francisco
EL MUNDO

Está claro y se está confirmando, de nuevo, estos días en Colombia, que el Papa Francisco es un "santo del pueblo". Ese estatus especial al que sólo acceden unos cuantos privilegiados en la Historia, en los que la gente huele a sus auténticos defensores. Tres pastores latinoamericanos han conquistado ese lugar en el corazón del pueblo: monseñor Romero, monseñor Helder Cámara y monseñor Casaldáliga. Ahora, un Papa se suma a ese lote de 'elegidos': Francisco, el santo de los pobres y azote de la inequidad capitalista.

Pero el pueblo, el pueblo llano y sencillo, también tiene otros santos, que no pertenecen al imaginario católico. Por ejemplo, las estrellas del fútbol, del cine, de la televisión y de la crónica rosa. O incluso, santos del otro lado, del reino de la oscuridad, como Pablo Escobar, el narcotraficante de Medellín, adorado por la gente, recordado y añorado. Los 'santos lugares' donde vivió son un parque temático y su vida es carne de película. La última, 'Loving Pablo', la cinta de León de Aranoa, con Javier Bardem y Penélope Cruz.

Dos santos del pueblo, pues, frente a frente, en una ciudad que, a pesar de seguir 'adorando' a san Pablo Escobar, ha dado la espalda a su camino y a su herencia violenta. Hoy, la ciudad se levanta, rompe con su pasado narcotraficante y recupera su esperanza de vivir. Como dice el santo argentino, no se han dejado robar la alegría.

También aquí, Francisco viene con sus dos agendas. En la política, seguirá sembrando la semilla de la reconciliación en la patria del 'uribismo' y de los que, siguiendo al ex presidente, apostaron por los paramilitares como 'mal menor' frente a las guerrillas. De hecho, aquí nacieron las temibles Autodefensas Unidas de Colombia (AUC), los grupos paramilitares de extrema derecha que sembraron dolor y muerte. "Dios perdona en mí", proclama el Papa en este feudo.
Resonancias de la Iglesia de los pobres

Pero en Medellín, Francisco se va a centrar en la agenda eclesiástica. Por algo es el Papa y por algo Medellín trae a la Iglesia profundas resonancias, que hunden sus raíces en el postconcilio. Aquí se celebró, del 24 de agosto al 5 de septiembre, la II Asamblea general de los Episcopados latinoamericanos (CELAM), inaugurada por el propio Pablo VI en la catedral de Bogotá, porque no pudo trasladarse a la segunda ciudad de Colombia por problemas de logística.

En toda la Iglesia, Medellín trae resonancias de la aplicación del Concilio, de una Iglesia plural y abierta, del método del ver-juzgar-actuar, atenta a los pobres, partera de la Teología de la Liberación, odiada por el capitalismo de entonces acaudillado por los Rockefeller, apreciada en Roma, pero ya, desde entonces, vigilada con el rabillo del ojo.

Sobre todo, a partir de la involución eclesial encarnada por el pontificado de Juan Pablo II. La asamblea de Medellín mantuvo su vigor hasta Puebla (1979), pero quedó en el ostracismo y sus potencialidades se fueron desactivando poco a poco en la conferencia general de Santo Domingo (1992). Hasta que volvió a conectar con el espíritu del Vaticano II en la Conferencia de Aparecida, cuyo documento final redactó precisamente el entonces cardenal Bergoglio.

En aquel invierno eclesial, Roma buscó 'cónsules' en todos y cada uno de los países, sobre todo en los más importantes de Europa y Latinoamérica. Y dos colombianos accedieron a ese puesto: Alfonso López Trujillo y Darío Castrillón Hoyos. El primero fue, de hecho, durante más de diez años, arzobispo de Medellín y el segundo, de Bucaramanga.

Ambos accedieron al cardenalato y fueron llamados por Juan Pablo II a Roma, para formar parte de la Curia romana. De hecho, durante décadas, los dos cardenales colombianos fueron los 'controladores' de la Iglesia latinoamericana. Nombraron obispos de su cuerda, potenciaron a Nuncios de su estilo y, durante muchos años, nada se movía eclesialmente en Latinoamérica sin su consentimiento.

Pero, en Medellín, en Colombia y en Latinoamérica, resistió la otra corriente eclesial. La otra Iglesia, la Iglesia de los pobres, encarnada en la realidad. Con una rama que, por defender a los humildes, fue hasta el extremo de servirse de la violencia. Ésa fue la postura de los curas guerrilleros colombianos: Domingo Laín, Camilo Torres y Manuel Pérez.

La otra rama alumbró la Teología de la Liberación y puso la opción por los pobres en el centro de su discurso y de su praxis, hasta convertirla en la opción fundamental de la Iglesia. Y contra el viento y marea vaticanos, que soplaban en otra dirección, resistió y fructificó en frutos maduros, como la Teología del Pueblo del argentino Lucio Gera, de la que bebió el mismísimo Jorge Mario Bergoglio.

Francisco, precisamente aquí, en Medellín, quiere hacer la síntesis, recuperando todas las potencialidades que desde la Asamblea de Medellín y pasando por Puebla, desemboca en Aparecida, su santo y seña, su sueño de programa para toda la Iglesia.

Por eso, propuso "ir a lo esencial, renovarse sin miedo e involucrase, aunque suene a mancharse". Y, ahora, que el 'jefe' es él, Medellín vuelve por sus fueros eclesiales y recupera su memoria. Francisco descongela la Asamblea de Medellín que vuelve a florecer en su primavera.

Francisco, en la tierra de los narcos

Francisco
EL MUNDO

Está claro y se está confirmando, de nuevo, estos días en Colombia, que el Papa Francisco es un "santo del pueblo". Ese estatus especial al que sólo acceden unos cuantos privilegiados en la Historia, en los que la gente huele a sus auténticos defensores. Tres pastores latinoamericanos han conquistado ese lugar en el corazón del pueblo: monseñor Romero, monseñor Helder Cámara y monseñor Casaldáliga. Ahora, un Papa se suma a ese lote de 'elegidos': Francisco, el santo de los pobres y azote de la inequidad capitalista.

Pero el pueblo, el pueblo llano y sencillo, también tiene otros santos, que no pertenecen al imaginario católico. Por ejemplo, las estrellas del fútbol, del cine, de la televisión y de la crónica rosa. O incluso, santos del otro lado, del reino de la oscuridad, como Pablo Escobar, el narcotraficante de Medellín, adorado por la gente, recordado y añorado. Los 'santos lugares' donde vivió son un parque temático y su vida es carne de película. La última, 'Loving Pablo', la cinta de León de Aranoa, con Javier Bardem y Penélope Cruz.

Dos santos del pueblo, pues, frente a frente, en una ciudad que, a pesar de seguir 'adorando' a san Pablo Escobar, ha dado la espalda a su camino y a su herencia violenta. Hoy, la ciudad se levanta, rompe con su pasado narcotraficante y recupera su esperanza de vivir. Como dice el santo argentino, no se han dejado robar la alegría.

También aquí, Francisco viene con sus dos agendas. En la política, seguirá sembrando la semilla de la reconciliación en la patria del 'uribismo' y de los que, siguiendo al ex presidente, apostaron por los paramilitares como 'mal menor' frente a las guerrillas. De hecho, aquí nacieron las temibles Autodefensas Unidas de Colombia (AUC), los grupos paramilitares de extrema derecha que sembraron dolor y muerte. "Dios perdona en mí", proclama el Papa en este feudo.
Resonancias de la Iglesia de los pobres

Pero en Medellín, Francisco se va a centrar en la agenda eclesiástica. Por algo es el Papa y por algo Medellín trae a la Iglesia profundas resonancias, que hunden sus raíces en el postconcilio. Aquí se celebró, del 24 de agosto al 5 de septiembre, la II Asamblea general de los Episcopados latinoamericanos (CELAM), inaugurada por el propio Pablo VI en la catedral de Bogotá, porque no pudo trasladarse a la segunda ciudad de Colombia por problemas de logística.

En toda la Iglesia, Medellín trae resonancias de la aplicación del Concilio, de una Iglesia plural y abierta, del método del ver-juzgar-actuar, atenta a los pobres, partera de la Teología de la Liberación, odiada por el capitalismo de entonces acaudillado por los Rockefeller, apreciada en Roma, pero ya, desde entonces, vigilada con el rabillo del ojo.

Sobre todo, a partir de la involución eclesial encarnada por el pontificado de Juan Pablo II. La asamblea de Medellín mantuvo su vigor hasta Puebla (1979), pero quedó en el ostracismo y sus potencialidades se fueron desactivando poco a poco en la conferencia general de Santo Domingo (1992). Hasta que volvió a conectar con el espíritu del Vaticano II en la Conferencia de Aparecida, cuyo documento final redactó precisamente el entonces cardenal Bergoglio.

En aquel invierno eclesial, Roma buscó 'cónsules' en todos y cada uno de los países, sobre todo en los más importantes de Europa y Latinoamérica. Y dos colombianos accedieron a ese puesto: Alfonso López Trujillo y Darío Castrillón Hoyos. El primero fue, de hecho, durante más de diez años, arzobispo de Medellín y el segundo, de Bucaramanga.

Ambos accedieron al cardenalato y fueron llamados por Juan Pablo II a Roma, para formar parte de la Curia romana. De hecho, durante décadas, los dos cardenales colombianos fueron los 'controladores' de la Iglesia latinoamericana. Nombraron obispos de su cuerda, potenciaron a Nuncios de su estilo y, durante muchos años, nada se movía eclesialmente en Latinoamérica sin su consentimiento.

Pero, en Medellín, en Colombia y en Latinoamérica, resistió la otra corriente eclesial. La otra Iglesia, la Iglesia de los pobres, encarnada en la realidad. Con una rama que, por defender a los humildes, fue hasta el extremo de servirse de la violencia. Ésa fue la postura de los curas guerrilleros colombianos: Domingo Laín, Camilo Torres y Manuel Pérez.

La otra rama alumbró la Teología de la Liberación y puso la opción por los pobres en el centro de su discurso y de su praxis, hasta convertirla en la opción fundamental de la Iglesia. Y contra el viento y marea vaticanos, que soplaban en otra dirección, resistió y fructificó en frutos maduros, como la Teología del Pueblo del argentino Lucio Gera, de la que bebió el mismísimo Jorge Mario Bergoglio.

Francisco, precisamente aquí, en Medellín, quiere hacer la síntesis, recuperando todas las potencialidades que desde la Asamblea de Medellín y pasando por Puebla, desemboca en Aparecida, su santo y seña, su sueño de programa para toda la Iglesia.

Por eso, propuso "ir a lo esencial, renovarse sin miedo e involucrase, aunque suene a mancharse". Y, ahora, que el 'jefe' es él, Medellín vuelve por sus fueros eclesiales y recupera su memoria. Francisco descongela la Asamblea de Medellín que vuelve a florecer en su primavera.